¿Cómo sería el mundo sin monedas ni billetes? ¿Cómo cambiaría nuestra vida si sólo pudiéramos pagar nuestras compras con tarjeta de crédito o débito? ¿Sería más cómodo no llevar calderilla en la cartera?
Estas preguntas no son retóricas. Ni cuestiones al aire. Son pertinentes, habida cuenta de que la posibilidad de que el efectivo se repliegue es cada vez más cercana. Hoy leemos en El País que “en países avanzados, como Islandia, Finlandia o Japón, por poner tres ejemplos, el dinero contante y sonante se repliega en favor del plástico”.
La comodidad parece evidente: menos peso en el bolsillo –o en el bolso o cartera, según los usos de cada cual– y menos engorro de andar sacando dinero del cajero y de cuidarse de que a uno no se lo quiten, o de que no se traspapele un billete por otro. En Suecia, por ejemplo, se lo están planteando.
Pero, ¿qué desventajas encontramos en un mundo donde sólo pueda pagarse con tarjeta de crédito o débito? La fundamental: la falta de seguridad. Cada vez que pagamos con tarjeta dejamos un rastro electrónico y, gracias a dicho rastro, pueden localizarnos, saber dónde estamos, dónde hemos comprado, cuánto nos hemos gastado y a qué hora hemos hecho la transacción.
Según este completo reportaje de El País, Japón es el país ideal para hacer este tipo de pruebas. Sin embargo, en España no estamos demasiado acostumbrados a la cultura del plástico –del dinero de plástico, se entiende, que el PVC lo dominamos a la perfección– y se antoja mucho más complicado lanzarse a esta aventura.
[...] su sistema económico para que todo, absolutamente todo, se pague con tarjeta (por ejemplo, Suecia). Así, puesto que los europeos compartimos billetes y monedas, ¿por qué no compartir tarjetas, [...]