“Compra lo que quieras y paga como puedas”. Es el reclamo de las tarjetas de pago aplazado, una buena opción para disponer de crédito, siempre y cuando los intereses sean comedidos.
Sin embargo, como dicen las abuelas, “nadie da duros a cuatro pesetas”, es decir, que no se regala nada, y menos en crisis, de manera que conviene leer con lupa la letra pequeña de los contratos a la hora de hacernos con una tarjeta de pago aplazado.
Cuando compramos sin la obligación de pagar en el momento, habitualmente gastamos más de lo que gastaríamos en caso de abonar las compras al contado. Esto supone que miles de usuarios de tarjetas de crédito se vean envueltos en deudas que en muchos casos no pueden pagar.
Y lo peor llega cuando los tipos de interés no son precisamente bajos: cuanto más gastamos, más pagamos, y tanto más si aplazamos el pago.
Para evitar sorpresas desagradables y sustos innecesarios, muchos bancos apuestan por ofrecer tarjetas con pago aplazado, pero de “tarifa plana“. Esta opción consiste en que el cliente determina de antemano un importe mensual que quiere o puede abonar, y esta cifra no varía, independientemente de la compra realizada. La cuota mínima suele ser de 30 euros y –dato importante– cuanto menos paguemos al mes, más intereses habremos de abonar.