Lo hemos oído miles, millones de veces: cuando no hay dinero en el bolsillo, la tarjeta puede ser un arma de doble filo. Nos permite comprar sin efectivo y cargarlo a nuestra cuenta para pagarlo más tarde, pero… ¿siempre podemos pagar?
Navegando por las páginas económicas, encuentro una carta al director en la que leo un caso muy a tener en cuenta, porque a buen seguro no es el único en España y le puede pasar a cualquiera.
Se trata de un trabajador despedido hace casi dos años, que agotó su prestación por desempleo y, para poder hacer frente a sus pagos cotidianos, empezó a tirar de tarjeta. ¿Qué sucedió? Que, cuando llegó la hora de la verdad, no pudo hacer frente al pago de la cuota. Y el banco, ni corto ni perezoso, escribió su nombre en el RAI (registro de aceptos impagados). Eso a pesar de que el señor en cuestión llevase toda la vida trabajando con la entidad y sin dar un solo problema.
Y no queda aquí la cosa: encontrar trabajo ha sido sólo una solución en parte porque, si domicilia la nómina en esa entidad, la absorberán para el pago de sus deudas, y otras entidades no quieren ni oír hablar del asunto porque… sí, porque está en el RAI.
El final de la carta da qué pensar: “La banca hace agresivas campañas para captar clientes, ofrece lo que parecen ser excelentes condiciones si se domicilia la nómina, pero luego solo acepta a los clientes solventes, cualquiera que sea la causa y circunstancias de la insolvencia”.
En cualquier caso, ojo a los pagos con tarjeta: son cómodos, pero hay que poder hacerles frente.